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El Caucas: Medalles d'hipocresia

Aquesta és la versió sencera d'un article d’opinió, signat a títol personal per un activista de la Plataforma, que va aparèixer al diari El Público el 12 d’agost.

Desde Europa, con la cubertura mediática parcial que nos llega, es difícil evaluar las reivindicaciones enfrentadas en el Cáucaso.

Lo que sí está claro es que, dejando aparte los muchos muertos civiles y decenas de miles de refugiados, el conflicto está provocando una hipocresía de enormes dimensiones, como si se quisiera estar a la altura del actual período olímpico.

Empecemos con unos hechos reconocidos.

Osetia del Sur vive desde 1992 bajo una independencia de facto tras una guerra anterior con Georgia. Pero formalmente sigue perteneciendo a este Estado, y ha sido una intervención militar de las fuerzas georgianas la que ha desatado la guerra actual. Rusia respondió con un ataque masivo, tanto dentro de Osetia del Sur como en otras partes de Georgia, argumentando que intervenía para defender a los civiles osetios y para evitar un “genocidio”.

La respuesta de la “comunidad internacional” —es decir, de EEUU y sus aliados— ha sido denunciar la intervención rusa, exigir un alto el fuego, e insistir en la “integridad territorial de Georgia”. Este último punto significa que, de independencia para Osetia del sur, nada, aunque incluso la BBC ha reconocido que ni los dirigentes ni el pueblo osetio quieren formar parte de Georgia… igual que los kosovares no querían pertenecer a Serbia.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí?

El antiguo imperio zarista fue, en palabras de Lenin, una cárcel de los pueblos. Él defendió el derecho a la autodeterminación como solución. Fue el abandono de este principio por parte de la incipiente burocracia estalinista —irónicamente, mediante abusos chovinistas rusos contra Georgia— lo que impulsó a Lenin a exigir la destitución de Stalin en 1923, tristemente sin éxito.

Cuando la burocracia estalinista se había cargado lo que quedaba de la revolución, reconstruyendo el viejo imperio bajo el nombre de la URSS, el Cáucaso fue una de las regiones que más sufrió.

La caída de la URSS en 1991 tuvo en el resurgimiento de la cuestión nacional, y en la demanda de la autodeterminación, una de sus principales causas y también resultados.

Muchas de las nuevas repúblicas nunca han sido étnicamente homogéneas. Las largas décadas de rusificación y las migraciones forzadas bajo Stalin acentuaron esta situación, dejando importantes poblaciones rusas en todas ellas.

Una política progresista y democrática por parte de los Estados independientes podría haber resuelto la situación sin demasiados problemas.

Pero las nuevas administraciones corrieron en estampida para alinearse con occidente y con las tesis neoliberales. Las resultantes condiciones de la terapia de choque no fueron las más idóneas para construir la convivencia nacional o superar las viejas divisiones.

Así, dejaron la puerta abierta para que Rusia se aprovechase del descontento de las minorías nacionales —sobre todo las rusas— para ejercer presión dentro de los territorios perdidos. Igual que EEUU en Centroamérica, los dirigentes rusos ven las antiguas repúblicas de la URSS como su patio trasero.

La justificación humanitaria que ofrece Rusia tras sus acciones quizá sea deshonesta. Pero no lo es más que las justificaciones que EEUU y sus aliados europeos llevan años ofreciendo tras sus intervenciones militares en los Balcanes.

El gobierno ruso ha declarado repetidamente que la política de la OTAN en los Balcanes —especialmente la decisión de impulsar la independencia de Kosovo— le serviría de precedente para “resolver” a su manera otras cuestiones nacionales.

Así las cosas, en el Cáucaso, en los Balcanes, en las partes divididas de Kurdistán, y en tantas otras zonas del planeta, lo que cuenta no es si las demandas de los pueblos involucrados son justas, sino el provecho que las grandes potencias pueden sacar de la situación.

En Kosovo, por ejemplo, más que autodeterminación, podríamos hablar de OTAN-determinación.

Y la OTAN no es ajena a la crisis actual en Georgia.

La cumbre de la OTAN en Bucarest, en abril, aceptó que Georgia se convirtiese en miembro de la alianza, aunque sin especificar la fecha. El requisito previo, de que Georgia “resuelva” los conflictos de Osetia del Sur y Abjazia para acceder a la OTAN, quizá explique por qué actúa ahora, ante una situación que ya dura 16 años.

Y podríamos preguntarnos, ¿qué se propone la “alianza atlántica” en medio del Cáucaso? ¿Tiene algo que ver con el gas y el petróleo del vecino Azerbaijan?

A su vez, la posibilidad de que Georgia entre en la OTAN ha contribuido a la reacción rusa.

Sea como sea, es evidente que la hipocresía está por doquier. Ahora que estamos en período olímpico, podríamos otorgar unos premios en esta disciplina.

La medalla de bronce en hipocresía la ganan los dirigentes georgianos. Tras sus años de opresión bajo Rusia, nada les pareció mejor, ante las reivindicaciones nacionales de los osetios, que negar su existencia, e intentar imponer “Georgia, una, grande e indivisible”, mediante las armas. Georgia condena la agresión rusa, mientras se plantea traer de vuelta a sus tropas de Irak, donde se supone que están de turismo, y no participando en ninguna operación militar…

Rusia gana fácilmente la medalla de plata. Ante el deseo de independencia de Chechenia —que tiene más motivos incluso que los osetios—  Rusia ha respondido con guerra. Sus bombardeos han reducido la capital chechena, Grozni, a ruinas. Ahora, ante la agresión georgiana a Osetia del Sur —condenable pero de una escala mucho menor— se declara defensora de las minorías nacionales.

Pero la medalla de oro en hipocresía, la gana el indiscutible campeón, Occidente. Sus logros son demasiados como para mencionarlos todos.

Tras su operación en Kosovo, y sus bombardeos a civiles en Serbia, los dirigentes de EEUU y la UE no se ruborizan al criticar a Rusia por aplicar el mismo principio en Osetia y Georgia. Y en ningún lugar se sugiere que algún dirigente occidental debería ir con Karadzic para también ser juzgado en la Haya.

Cualquier activista antiguerra tiene el derecho y el deber de exigir un alto el fuego por parte de todos los contrincantes. Pero cuando lo dice la OTAN —que se negó durante todo un mes a exigir el fin de los bombardeos israelíes contra Líbano en 2006— hay que dudar de sus intenciones.

El colmo llegó hace pocos días, cuando Bush criticó al gobierno chino por no respetar los derechos humanos. Por supuesto que éste es un problema pero, como dice el refrán, “El que no tenga un Guantánamo, que arroje la primera piedra”.

El mundo está lleno de injusticias, y muchas toman la forma de problemas nacionales.

Lo que es evidente en los Balcanes y en las antiguas repúblicas de la URSS, es que éstos no se pueden resolver mediante la intervención de las grandes potencias.

Entre tanta hipocresía y tantas malas noticias, estos días me ha llegado una buena, desde los propios Balcanes.

Resulta que ha aparecido en Serbia un grupo de activistas anticapitalistas y antiguerra (tienen página web: www.marks21.info). Éstos proponen organizar, junto a activistas de Macedonia, Grecia y otros países, protestas ante el 60 aniversario de la OTAN, y también contra el nacionalismo de sus “propios” gobiernos.

Ésta sí es una intervención por la paz que merece nuestro apoyo y nuestra solidaridad. En los Balcanes, en el Cáucaso, como en otras partes, la única solución vendrá desde abajo, de la propia gente, no de los corruptos gobiernos, sean pro occidentales o pro rusos.

Un mensaje final para el gobierno español.

Si sienten la tentación de condenar la intervención militar rusa, que lo hagan. Pero sólo después de retirar sus tropas de Afganistán y de desmantelar sus negocios armamentísticos con Israel.

Si no, se merecerán su medalla de latón en los juegos olímpicos de la hipocresía.

David Karvala

El autor es activista de la Plataforma Aturem la Guerra en Barcelona, y autor de Rusia 1917: La revolución rusa y su significado hoy (Ediciones de la Tempestad).

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